La Fiesta de Xantolo.

María Amparo GONZALEZ BERUMEN.

 

 

                                 

Todos Santos y la celebración del Día de Muertos aroman siempre la memoria de incienso y especias. Y de recordación. Y de nostalgia. La mente vuela lejos...  Vestidos los recuerdos de un vientecillo frío, vagan y vagan yendo a parar hasta el altar de muertos de la infancia en casa de mi abuela materna, casa grande y antigua de mis correrías inocentes. A partir de aquellos años las velas encendidas abrieron abismos en mi pensamiento. ¿Será verdad que su hechizo luminario solaza los instantes? 

 

En muchas de nuestras regiones, los primeros días de Noviembre se engalanan de un amarillo reluciente, acentuado en la luz de las velas de cera del altar de muertos. Flor de cempasúchitl, la de los cuatrocientos pétalos, cumple puntual su función de ornato y ritual, identificando la herencia prehispánica fiel y silenciosa en la hondura de nuestras conciencias. Noviembre, evocación quimérica, entrelazo de nostálgica fiesta: por su hechura de duelo y pérdida y su algarabía en los altares y hasta en los camposantos, esta celebración muy de nosotros ha sido difícil de entender en otras culturas. De años atrás guardo una visión extática del Lago de Pátzcuaro, de Janitzio, de los atrios litúrgicos de Tzintzuntzan con cientos de veladoras encendidas en la noche de los muertos. Allí he podido vivir esta esplendente fiesta hasta el antojo máximo y hasta lo profundo de la pupila. Tradición secular que homenajea a los muertos y los llama a la mesa en que subyuga el sincretismo de lo indígena nuestro y lo europeo…

 

En todos los rincones de México las ánimas serán llamadas, entre incensarios y copal, a la ofrenda del mole y los tamales, el pan de muerto de carita o el colorado, la calabaza en tacha y el chocolate, el café y el cigarro, el tequila o el mezcal o el pulque porque somos así. Sabores indefinidos, ofrenda del altar de muertos colocada bajo el arco esperanzador del que penden alegóricos frutos. Y el piloncillo, mi manjar desde niña… ‘flamea, flamea la lumbre/ hace derramar la miel’ –dice la canción de El piloncillero…

 

Al llegar estas fechas se hace presente en casa el pequeño altar con su halo místico. En este país mestizo rayado de azteca que en la palabra pintó López Velarde, no hay celebración en la que no estén presentes la comida y la música. Cuando los antiguos mexicanos, la música alegraba las ceremonias y las letras de sus cantos narraban historias y acontecimientos trascendentales. Así se fortalecían la tradición oral y la identidad comunitaria. A los cantos religiosos les llamaban netotiliztli, y en los cuicacalli se enseñaban los cantos festivos o mazehualiztli. En todos estos ritos se ve reflejada la noble  dignidad de las tradiciones indígenas, mas en muchas comunidades del país hoy conviven la religión originaria y la católica, debido a que en la época colonial los evangelizadores entendieron bien que la música y la danza eran fundamentales en las solemnidades religiosas de los indios.

 

En la Huasteca, la fiesta de Xantolo es de cardinal importancia. El uno de Noviembre los tenec hacen velaciones con rezos y alabanzas, inciensan el altar y sus imágenes, y tocan algunas piezas para la danza de la Malinche. El día dos los tenec y los nahuas acostumbran llevar sus ofrendas al camposanto, adornando las tumbas con flores. Estas fiestas de nuestros pueblos no son tan solamente, como en general se ha creído, un tributo a la muerte sino también a su vínculo con la vida y a la esperanza de renovación. Hay que recibir sin filtraciones la herencia de estos mitos y rituales que revelan el perenne retorno al tiempo en que los dioses primigenios participaron de la obra creadora. Y aun recibir la esperanza de salvación que se manifiesta en sus ceremonias, en los altares con sus ofrendas, su cruz de cal, y sus caminos de velas y pétalos de cempasúchitl que conducen a las almas de vuelta a la eterna Luz…

 

¿Es verdad que se vive sobre la tierra?

No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí,

aunque sea jade se quiebra

aunque sea oro se rompe,

aunque sea plumaje de quetzal se desgarra,

no para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.*

 

Dispersos en zona de montaña o desierto, diez millones de mexicanos resguardan con devoción estas creencias originarias, padeciendo en sus largos días confinamiento y hambre. Han soportado en la grieta de nuestra historia la invasión de sus tierras y el derrumbamiento de sus proyectos y de sus derechos. ¿Será que no han terminado los días aquellos en que los “instrumentos de la Providencia” justificaban su conquista con un atavío moral y civilizador? De Hernán Cortés quedó inscrita esta frase: “E como traíamos la bandera de la cruz y puñábamos por nuestra fe y por servicio de nuestra sacra majestad… nos dio Dios tanta victoria”.

 

Instalados en el espacio amable de nuestras casas celebramos lo nuestro... El altar aroma la memoria de incienso y especias, y es ocasión para el acercamiento familiar y de los amigos en el compartir de la ofrenda. El altar acaso es ocasión para creer que en la llama áurea de las velas, se han encendido uno a uno mis pensamientos...                                                                                                                   

  *Netzahualcoyotl

 

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