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Madre Tierra.

María Amparo GONZALEZ BERUMEN.

                                                                                                      A propósito de los transgresores de la Ecología que,

                                                 para nuestro infortunio, no han faltado aquí.

 

 

 

Hace miles de años los antiguos griegos celebraban el espíritu de la Madre Tierra, que se hace evidente de muchas maneras. ¿Desde cuándo el concepto de Tierra como una totalidad integrada a nuestro espíritu, existe en la mente humana? Piénsese en las voces ocultas de un bosque; en la misteriosa hondura de un cañón con la extensión de sus imágenes y sus verdes insignes; en los latidos bajo nuestros pies al caminar la tierra que nos conmueven  profundamente... El vino del fruto de la tierra, el pan de las espigas de la tierra, el alimento esencia de vida que brota de ella nos entreteje en una red sagrada e indisoluble; células de vida desta inmensa consagración…

 

 

Todas las cosas están unidas,

todo cuanto acontece a la Tierra,

sucede a los hijos y a las hijas de la Tierra.

El hombre no tejió la red de la vida:

tan sólo es una de sus hebras.

Todo cuanto haga a la red

se lo hace a sí mismo.

 

 

 

A lo largo de los siglos la figura de la Madre Creadora, la Madre del Maíz y otras advocaciones, han emergido del concepto universal de la Madre Tierra, porque a través de la Naturaleza se experimenta la expresión divina de la Creación, de la fecundidad como fuente de amor perpetuo. En este contexto, las tradiciones sapienciales en todas las culturas del mundo, han conservado sus mitos y rituales utilizando el suelo sagrado como fundamento de su cosmovisión. En la India se practica el Ayurveda, sofisticado método de medicina que en sánscrito significa “la ciencia de la vida”, en el que la dieta, las hierbas y los aceites benéficos se lían a la meditación, al yoga y a otras disciplinas, buscando que las bioenergías del cuerpo alcancen el equilibrio.

En el mágico Reino Maya de la antigüedad, el dios alquimista Ixmucané experimentó con toda clase de alimentos, “para descubrir en el maíz, la sustancia que permitiría al género humano subsistir a pesar de los terremotos, las inundaciones, o la erosión de las tierras taladas”. Los nahuas le llamaron tzintli o Atzintzintli, según consta en los antiguos códices. Tzintla deriva de las voces iziz centli, que en huasteco quiere decir “grano de hormiga” porque, en base a la leyenda, el maíz fue descubierto cuando unas hormigas lo llevaban a su hormiguero. El texto tolteca de la creación cuenta que tras varios fracasos en el intento de crear al hombre, el propio Quetzalcoatl se transformó en hormiga negra, para llevar a su territorio el grano de vida que la hormiga roja de los huaxtecas había descubierto.

En el antiguo escenario del noble suelo mexicano, muchos productos alimenticios del indígena prehispánico tuvieron, y tienen aún hoy, significativa trascendencia. Como en los hogares de aquel tiempo, en la cocina contemporánea persiste la mayoría de estos cultivos, cual reflejo fehaciente y esmerado de nuestros usos y costumbres. En el año 5500 a.C. había iniciado el cultivo del chile y del tomate verde, y  afloró el zapote. En el año 3500 a.C. se encontraron los primeros vestigios de frijol cultivado, y en la mesa del indígena aparecieron las semillas de calabaza y el mezquite. En el milenio siguiente quedaron incluidos la yuca, el nopal y las tunas, la guayaba, los huauzontles, y el prócer maguey llamado por Humboldt “viña de los pueblos aztecas”.

Entre estos múltiples cultivos se encuentra también el acahual o girasol, planta rebautizada como gigantón o maíz de tejas que, por ser originaria de México, fantasea rebosante en nuestro territorio. Se le ha llamado girasol porque su corola gira a lo largo del día de cara al Sol, dándose las flores en cabezuelas hasta de cincuenta centímetros de diámetro. El girasol se conoció en España desde el siglo XVI, pero no fue sino hasta 1833 cuando se dio su cultivo en el Viejo Continente, y en Rusia en la provincia de Saratov. Como adoradores magnánimos del Sol, los incas reverenciaron esta flor creyéndola enamorada del astro rey. Que la flor bienhechora del girasol nos sirva de instrumento para agradecer a la Madre Nutricia, a la Madre Tierra, todas sus consagraciones.

 

 

 09/03/2008 mag_berumen@cafecostenito.com.mx