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                  Árbol viejo hospitalario.

                       María Amparo GONZALEZ BERUMEN.

Olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.  

Antonio Machado.

                                                                               

Los árboles son los seres vivientes más viejos que existen sobre la tierra. Algunos, como los sequoias de California, pasan de los tres mil años.  Otros, como el ciprés de los pantanos y el olivo, viven más de mil. Y las encinas y los nogales tienen también muy larga vida. Un corte transversal del tronco permite establecer la edad de un árbol al observarse alternados los círculos concéntricos, uno claro y uno oscuro.

¿Quién podrá imaginar la heterogénea infinitud de árboles que para nuestra ventura pueblan la Tierra? Entre los frutales se encuentra uno, el árbol del pan, que allá por el siglo XVII lo dieran a conocer unos exploradores ingleses quienes, estando en el Pacífico Sur, pudieron sorprenderse al ver a los aborígenes cortar unos raros melones con sabor a masa de papa, y advertir que esos frutos eran el alimento principal de su dieta. Lo citado trae a mi memoria aquel poema de Andrés Bello que habla de la hermosura del paisaje y de la belleza histórica y social de los pueblos americanos, cuando aún los poetas más cultos (¡oh, inocentes!) desdeñaban estos tópicos: “¡…y para ti el banano/desmaya al peso de su dulce carga;/el banano, primero de cuantos concedió bellos presentes./ Providencia a las gentes/ del Ecuador feliz, con mano larga./ No ya de humanas artes obligado/ el gremio rinde opimo;/ no es a la podadera, no al arado, deudor de su racimo!”

Ya sea por su magnificencia, ya por su benevolencia, el árbol es concebido como un símbolo que asume en todas las culturas del mundo profundas significaciones. Recordemos que algunas disciplinas contemplativas se practican bajo los árboles, dado el magnetismo y la energía que de ellos emanan, creyéndose en alguna medida que bajo sus largos brazos, verdes y esperanzadores, ahonda el hombre en la paradoja central de la existencia, como una forma de admitir la fuerza de lo espiritual en el diario andar. Credos atávicos, intrínsecos a todos los pensamientos…

Aquí será bueno citar las raíces del hinduismo que se remontan a los Vedas de hace cuatro mil años, e incluso las que vienen de tradiciones orales más antiguas aún. Una parte preternatural de las Escrituras indostánicas habla del Árbol de la Eternidad, que se ensancha desde el cielo hasta la Tierra. Y en la hondura de esta perennidad, la Tierra emana su naturaleza física de tres gunas o energías primordiales del universo. Las tres gunas, del sánscrito sattva (existencia, verdad), rajas (pasión) y tamas (oscuridad, letargo), son fuerzas con las que puede historiarse todo cuanto ocurre en la Naturaleza. Concebidas no obstante como algo más que energía, las gunas enraízan en el antiguo saber popular, nuestros actos y pensamientos. En el Bhagavad Gita encontramos: 

 

Según una antigua historia

hay una higuera,

el gigante Aswattha,

el Eterno;

enraizado en el cielo,

sus ramas se extienden sobre la tierra:

cada una de las hojas

es un Himno Veda,

y quien lo conoce

conoce todos los Vedas.

 

Sus arqueadas ramas

hacia arriba y hacia abajo

son alimentadas por las gunas,

las yemas que brotan

atañen a los sentidos,

también sus raíces

se extienden hacia abajo,

hasta este mundo,

son las raíces de la acción humana.

 

Bajo la sombra de los árboles pueden hallarse nuevos signos en la Naturaleza, como son los efectos que nuestros actos tienen sobre la Tierra. Por la integridad de nuestros espacios naturales, y por la entrada en vigor del Código para el Desarrollo Sustentable de Tamaulipas que hace poco glosábamos aquí, será menester seguir abordando estos temas. No hablo hoy de formular proclamas, sino de seguir enarbolando una causa invencible con humilde autosuficiencia.  

 

mag_berumen@cafecostenito.com.mx